Por Victoria Agüero

El 18 de julio de 1994, a las 9.53 de la mañana, una bomba explotó frente a la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), ubicada sobre la calle Pasteur, en la ciudad de Buenos Aires. El ataque dejó 85 víctimas fatales y más de 300 heridos, y se convirtió en el atentado terrorista más grave de la historia argentina.
Natalio Slutzky es uno de los sobrevivientes de aquel ataque. A más de tres décadas de la tragedia, reconstruye la mañana que modificó su vida para siempre y reflexiona sobre la memoria, la supervivencia y la búsqueda de justicia que aún permanece abierta para las víctimas, sus familiares y la sociedad argentina.
–¿Cómo recordás aquella mañana del 18 de julio de 1994?
–Era un día laboral como cualquier otro. Había llegado a la oficina y me encontraba en uno de los salones principales, un espacio compartido donde trabajábamos varias personas. Tenía previsto asistir a una reunión en el cuarto piso porque la institución estaba atravesando un proceso de reestructuración.
Antes de subir, decidí hacer una llamada telefónica. Pensaba que en los pisos superiores la comunicación no era tan buena, así que me quedé junto a mi escritorio, con el teléfono en la mano. En ese instante ocurrió la explosión.
Lo que menos me impactó fue el ruido del estallido, porque en ese momento todo el edificio comenzó a sacudirse. Las paredes vibraban, las luminarias se balanceaban y el suelo parecía desplazarse bajo mis pies. Durante unos segundos llegué a creer que podía tratarse de un terremoto.
Los techos suspendidos comenzaron a desprenderse, los artefactos de iluminación caían y los vidrios estallaban a nuestro alrededor. La onda expansiva atravesó cada rincón del lugar y generó una sensación de miedo imposible de describir. Lo que permanece grabado en mi memoria es precisamente esa vibración que recorrió toda la estructura.
Tras la sordera momentánea que provoca una detonación de semejante magnitud, empecé a escuchar a algunos compañeros que pedían ayuda y a otros que gritaban que tratáramos de refugiarnos debajo de los escritorios.
De repente, todo se detuvo. El ambiente quedó cubierto por una enorme nube de polvo que no dejaba ver ni siquiera a quien estaba al lado. Cuando abrí los ojos, ya estaba escondido debajo del escritorio. Permanecí allí un tiempo que hasta hoy me resulta imposible calcular: pudieron haber sido apenas unos minutos o mucho más.
Lo más extraño fue el silencio que llegó después. ¿Viste que dicen que hay silencios que hablan más que las palabras? Bueno, ese silencio colmó toda la sala común. Hacía instantes había gritos, objetos cayendo y una actividad frenética. Luego no se escuchó absolutamente nada. Era un silencio absoluto, como si todos hubiéramos quedado inmóviles. Y, en realidad, eso era exactamente lo que estaba ocurriendo: todos estábamos paralizados.
–¿Qué ocurrió después de esos primeros minutos?
–Cuando salimos de nuestros refugios, intentamos comprender qué había sucedido. Durante varios momentos pensamos que podía tratarse de algún fenómeno natural. En ningún momento imaginamos que estábamos frente a una bomba o a un atentado. Nuestra única preocupación era encontrar una forma de evacuar el edificio.
Me acuerdo de que decíamos que había dos caminos posibles. Uno era la escalera que utilizábamos diariamente para ingresar, pero la visibilidad era nula por la cantidad de polvo suspendido en el aire.
La otra alternativa era una puerta ubicada al fondo, por donde ingresaba algo de luz. Esa salida conducía a un pequeño puente sobre un patio interno. Avanzamos con dificultad hasta llegar allí, rompimos la cadena que bloqueaba el acceso y logramos salir.
Lo primero que advertimos fue que quienes habíamos alcanzado ese lugar seguíamos vivos. Algunos tenían heridas profundas provocadas por los vidrios; otros, golpes de distinta consideración. Aun así, habíamos conseguido ponernos a salvo.
Desde ese puente observamos el patio interior. También había personas allí abajo. Se las veía desconcertadas y preocupadas, aunque aparentemente estaban bien. Como todavía podía verse parte de la estructura trasera del edificio, pensamos que los daños no eran tan graves como realmente lo fueron.
En ese momento nadie comprendía la dimensión de lo ocurrido. Nunca se nos cruzó por la cabeza que se tratara de un atentado. Lo único que queríamos era salir y averiguar qué había pasado.
–¿En qué momento tomaste dimensión de la magnitud de la tragedia?
–La verdadera dimensión apareció cuando conseguimos llegar a una terraza interna desde donde se podía observar la calle Pasteur. Hasta entonces, solo habíamos visto una parte de la situación. Desde ese lugar descubrimos que el edificio había quedado devastado. Era como si lo hubieran cortado en diagonal.
La desesperación fue inmediata. Muchos teníamos familiares, amigos o compañeros trabajando en otros sectores de la institución. Había áreas completas que se habían desplomado unas sobre otras.
La angustia surgió al pensar en quienes no aparecían. Todos nos preguntábamos si habían conseguido escapar, si permanecían atrapados bajo los escombros o si simplemente no podíamos encontrarlos.
–¿Qué pasó después?
–Aunque ya estaba fuera de peligro, decidí volver a ingresar para buscar compañeros heridos y ayudarlos a salir. Estaba desesperado. Pensaba en las personas que había visto esa mañana y en quiénes todavía faltaban.
Sin embargo, al regresar me encontré con una realidad todavía más dura. Comencé a ver compañeros y otras personas fallecidas entre los restos del edificio.
Eso es algo imposible de explicar con palabras. Ver a alguien sin vida en un velorio no se compara con encontrarse a un compañero de trabajo, una persona con la que compartías todos los días, y saber que ya no podés hacer nada por él.
Tampoco queríamos mover los cuerpos. La estructura estaba extremadamente inestable y cualquier desplazamiento podía generar un nuevo derrumbe.
Buscábamos hojas, clips o cualquier elemento que permitiera identificar a las víctimas. En muchos casos, los escombros cubrían sus rostros y resultaba muy difícil reconocerlas.
Algunas presentaban heridas gravísimas; otras estaban atrapadas bajo estructuras tan pesadas que apenas se distinguía un zapato o una prenda de vestir.
La intención era dejar constancia de quién era cada persona. Pensaba que más adelante serían trasladadas a la morgue y que esa información podía ayudar a sus familias.
La verdad es que no sé cuánto razonaba en ese momento. Muchas acciones surgían automáticamente. También se nos cruzó el recuerdo cercano del atentado a la Embajada de Israel.
Hasta que, en determinado momento, entendí que yo también debía salir. Quería colaborar, pero había sectores completamente destruidos y resultaba imposible avanzar.
Antes de abandonar el edificio pasé por la zona de los percheros del personal. Era invierno y hacía mucho frío. Allí había sacos, tapados, carteras y otros objetos personales.
Tomé todo lo que pude cargar porque imaginaba que esas pertenencias podían servir para identificar a quienes habían estado allí esa mañana. Una parte de mí también pensaba que tal vez podrían entregarse luego a sus familiares. Sentía que, para muchas personas, esos objetos podían convertirse en el último recuerdo material de sus seres queridos.
–¿Cómo convivís hoy con aquel recuerdo?
–Creo que todos los que estuvimos allí quedamos marcados de distintas maneras. Existen heridas que nunca terminan de cerrarse.
Presenciar la muerte de compañeros o encontrarlos bajo los escombros es algo que permanece para siempre. Uno entiende cuán cerca estuvo de perder la vida y aprende a valorarla de otra manera.
Yo sobreviví porque estaba debajo de un escritorio, al igual que otras personas que se encontraban conmigo.
Durante mucho tiempo pensé que un sobreviviente era alguien que quedaba aislado en una isla y lograba mantenerse con vida. Con los años comprendí que existen otras formas de supervivencia.
También está la supervivencia emocional: aprender a convivir con recuerdos que nunca desaparecen, con imágenes que siguen presentes décadas después. Son escenas de aquella mañana trágica que marcaron mi vida, la de muchas familias y la de todo un país.
Y aparece una pregunta muy difícil de responder: por qué algunos sobrevivimos y otros no.
Durante años me cuestioné cuál fue esa línea tan fina que permitió que yo siguiera vivo mientras otras personas perdían la vida.
Es algo que trabajé junto a psicólogos y que también surgió en numerosas entrevistas.
Hay escenas de aquellos días que jamás quisiera volver a presenciar. Forman parte de mis peores pesadillas y todavía aparecen de vez en cuando en mi memoria.
Es mi historia. Una historia que sigue siendo muy difícil de contar.
A más de 30 años del atentado, la causa AMIA sigue siendo una herida abierta para la sociedad argentina. A pesar de las investigaciones, los cambios de rumbo judiciales, las acusaciones políticas y la enorme repercusión mediática que tuvo el caso a lo largo de las décadas, todavía no existe una respuesta definitiva que les permita a las víctimas y a sus familiares encontrar justicia. Mientras tanto, sobrevivientes como Natalio Slutzky mantienen viva la memoria de aquel día para que la tragedia no sea olvidada.