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Eugenia Guerty: “Si todos actuáramos, la sociedad mejoraría mucho”

Por Martina Gattoni

Eugenia Guerty cumple treinta años viviendo de la actuación y transita ese aniversario con la lucidez de quien conoce el oficio en todas sus dimensiones. Desde sus comienzos en el emblemático ciclo cinematográfico Historias Breves hasta sus recientes experiencias en nuevos formatos verticales para plataformas digitales, consolidó un perfil que ella misma define como el de una “actriz sesionista”: una intérprete versátil, dúctil y dispuesta a integrarse a diferentes lenguajes artísticos.

En esta entrevista, la artista repasa sus inicios, recuerda el momento en que debió elegir entre la obstetricia y el teatro, analiza la incertidumbre que atraviesa la industria audiovisual y reivindica la expresión teatral no como un privilegio de pocos, sino como una necesidad humana fundamental.

–¿Cómo fue que decidiste empezar a ser actriz?

–Hace tanto tiempo… Ya estoy cumpliendo treinta años viviendo de la profesión. Un poco más desde que empecé a actuar, pero treinta viviendo puramente de esto. Por eso estoy en un momento muy reflexivo, de balance, de reconocer lo logrado, lo hecho y el camino recorrido.

Justamente, el inicio de ese camino es lo que planteás. Dicen —yo no lo recuerdo— que ya a los cuatro o cinco años decía que iba a ser actriz.

Me enteré de bastante más grande, charlando con mi madrina, que es de Olavarría. Ella era una mujer mayor que mis papás y me decía: “No, no, vos ya decías eso”. Yo me quedé sorprendida: “Ah, mirá”. Y ella me insistía: “Sí, vos decías que querías ser actriz y te la pasabas todo el día disfrazada, mientras que tu hermana Marcela decía que iba a ser médica”.

Me lo contaron justo en una época en la que yo estaba haciendo el ingreso a Medicina y mi hermana ya era actriz. Mirá lo loco que es la vida, cómo se invirtieron las cosas. Aparentemente lo decreté de muy chica.

Lo que sí recuerdo perfectamente es que siempre me gustó payasear. Era tranquila y un poco tímida, pero vivía en mi mundo, metida en mis cosas: vestirme, disfrazarme e imaginar. Tenía una amiga imaginaria que “falleció” hace poco.

Pero la que empezó concretamente en esto fue Marce, mi hermana, que es siete años más grande. Cuando terminó el secundario, cursó Letras un año y después se anotó en el Conservatorio de Arte Dramático. En ese momento era un terciario, lo que hoy es la Universidad Nacional de las Artes (UNA); no tenía rango universitario en el país en ese entonces. Se anotó en la Escuela Nacional de Arte Dramático y ahí fui mamando la profesión como algo más concreto.

Aunque después me anoté en Medicina, en el secundario empecé a hacer cursos. Como empecé a trabajar a los 15 años, me pagaba mi propia escuela de teatro privada, porque en ese entonces no conocía o no tenía acceso a un lugar público. Un amigo iba a ese lugar y, con 15 o 16 años, me lo costeaba con mi sueldo. Así que antes de empezar el ingreso a Medicina, yo ya hacía teatro y continué en paralelo.

No me podía concentrar en nada en la facultad; ya lo he contado en alguna nota. Era el inicio, imaginate. Para mí, si no podés ni siquiera arrancar, es porque tenés la cabeza en otro lado. De todos modos, todos sabemos que el ingreso, sobre todo el CBC al comienzo, tiene que ver con la rama que elegiste pero no es lo más específico de la carrera; no significa que si no te gusta al principio, no te vaya a gustar después. Pero decidí que no iba a ocupar el lugar de otra persona que realmente tuviera como prioridad esa carrera. Además, yo quería ser obstetra y me di cuenta de que era incompatible con el teatro: no podés faltar a una función, el teatro no se suspende.

Tampoco se puede suspender un parto. No podés decir: “No voy porque tengo función”, ni faltar a la función porque tenés un parto. Hay mucha urgencia en ambas profesiones y era demasiado para mi cabeza y mi corazón. De todos modos, amo muchas cosas de la medicina y siempre tengo la idea de armar algún proyecto con eso.

–¿Y fue difícil pasar de querer estudiar Medicina a meterte en el mundo del teatro y la actuación?

–No, porque primero que nada era solo el ingreso; claramente no llegué a cursar la carrera, pero la medicina estaba en mí. Estaba muy atravesada por la profesión de mi papá. Hubo una época en la que él vivió en otra ciudad y pasamos años sin vernos tanto en el día a día, pero cuando lo visitaba, iba con él a la clínica. Pasaba tiempo en los pasillos de los quirófanos, mamando todo el laburo real y viendo ese mundo. Estaba muy embebida de eso y convencida de que me gustaba, por eso me costó dejarlo en segundo plano.

Cuando decidí volcarme al teatro, la decisión fue difícil pero rápida. Tenía unos 19 años y todo se sentía muy importante e intenso por la adolescencia. Fui honesta conmigo misma y tal vez un poco valiente también.

Fui honesta con lo que me llenaba y me hacía realmente feliz. Eso es muy importante: intentar conectar con lo que a uno le pasa, dentro de las posibilidades de cada uno. Por supuesto que no todos tenemos eso tan a mano, pero sí le digo a la gente más joven que, si tienen la suerte de estar cerca de poder elegir, sean honestos consigo mismos. Que puedan sincerarse e ir hacia lo que desean.

Creo que uno de los condimentos fundamentales de la locura que vive el planeta hoy es la falta de felicidad genuina. No esa felicidad aparente que mostramos en las redes sociales, sino la felicidad real con quién sos o la búsqueda genuina de la propia identidad. Cada vez que me doy cuenta de que no estoy siendo yo misma, reflexiono sobre eso.

–Una vez que decidiste ser actriz, ¿te acordás de cómo fueron tus primeros trabajos?

–Era todo alucinante. Una de las primeras cosas que hice fue un casting para cine. No fue la primera experiencia de mi vida, pero sí la primera en cine, y me hizo decir: “Quiero hacer esto toda la vida”. Después se me hizo difícil porque el cine es complejo; hubo épocas en las que casi no se producía, después se hizo un montón, pero siempre es más difícil acceder. Hice algunas cosas, pero al final me volqué más al teatro, que es lo que quería desde antes y lo que más amo.

De todos modos, ese primer trabajo importante fue en Historias Breves, un célebre concurso y ciclo de cortometrajes financiados por el Incaa. Eran cortos filmados en celuloide, no existía lo digital como ahora. Fue una especie de práctica laboral directa y muy intensa. En ese momento yo trabajaba como asistente en un consultorio odontológico; me pedí dos semanas sin goce de sueldo para poder dedicarme de lleno, porque era la protagonista y filmaba todos los días. Fueron dos semanas en las que fui puramente actriz, sin tener que ir a otro trabajo ni hacer otra cosa. Me voló la cabeza, fue hermoso. El corto se llama Ratas, es en blanco y negro y se puede encontrar por ahí. El otro protagonista era Claudio Quinteros, a quien le mando un beso.

Justo me acordaba con un colega que, en mis primeros trabajos, lloraba desconsoladamente el último día de grabación. Me angustiaba que todo terminara y no volver a ver a esa gente que se había convertido en mi familia de rodaje. Al principio vivenciás con el cuerpo la finitud de nuestro trabajo: estamos permanentemente naciendo y muriendo. Todo empieza y termina.

Creo que a algunas personas les abruma esa inestabilidad, más allá de lo económico, el no poder organizarse o tener un orden. Yo tengo una mente un poco caótica, así que a mí eso me influyó bastante. Ahora, con dos hijos y en este contexto tan difícil, me empieza a abrumar la incertidumbre constante: cambios de horario, idas y vueltas con los proyectos, fechas que se cancelan… Es mucho. Si no te podés despedir rápido de las cosas, la actuación te va a hacer doler siempre.

–¿Requiere una constante adaptación?

–Sí, totalmente. Es de las profesiones que más adaptación requieren. Además, al encarnar a otras personas, se suma ese componente un tanto desquiciante de ser alguien distinto por un rato. Preparás el personaje según tu estilo o lo que te pidan, y te vinculás de forma muy intensa durante muchas horas por día con gente que termina siendo amiga.

Por suerte, hoy hay muy buen clima de trabajo en general; ya no se usan los malos tratos de antes. En la mayoría de los lugares la pasé muy bien, salvo algún imprevisto aislado. Yo tengo bastante poder de adaptación. Soy un poco caótica y medio desbolada —mi marido se quiere matar—, pero trabajo mucho.

Me especializo en la improvisación porque me gusta y la paso genial cuando me convocan. Reconecté con la movida de la “impro” hace unos años; antes la usaba de manera indirecta para la creación de personajes o propuestas en las funciones, basándome en un gran poder de aceptación y adaptación. La impro trabaja justamente sobre eso: el sí permanente, la afirmación, el “sí, y además…”, para pasar a lo siguiente. De hecho, me acordé de un grupo en La Plata que está filmando un formato muy bueno que se llama justamente “Y sí, y además”. La improvisación me convoca mucho. Por supuesto, hay actores más esquemáticos a los que no les gusta improvisar ni que les cambien las estructuras todo el tiempo, lo cual es totalmente respetable; no a todos los que actúan les tiene que gustar lo mismo.

–Actualmente estás haciendo teatro y, además, ¿estás en el mundo audiovisual?

–El sector audiovisual está bastante frenado y difícil. Acabo de hacer las primeras experiencias en formato vertical de Argentina con Wanda Nara y Maxi López. Trabajar con ellos fue divino, la mejor onda, son muy espontáneos. Tuvieron la humildad y la tranquilidad de encarar algo que estaban aprendiendo, igual que todos nosotros, porque nos preguntábamos cómo se filmaba en ese formato. Son unas cápsulas para las redes de Telefe.

También estoy esperando el estreno de una participación en un proyecto del que no puedo hablar mucho, donde todos hacemos intervenciones breves porque la protagonista es única. Además, voy a estar en la segunda temporada de Viudas. Son cositas sueltas y esporádicas, pero están asomando proyectos muy divertidos. Es un orgullo y un honor que me convoquen personas que admiro, como Malena Pichot o Nanu, el director. Que piensen en mí para sus proyectos me parece divino.

–Cuando trabajás en audiovisual, ¿utilizás algún método de actuación?

–Pienso que la técnica es propia, como la vida misma. Obviamente, en cualquier arte uno aprende herramientas básicas; pasa en las artes plásticas, por ejemplo, donde hay técnicas específicas. Pero la actuación es muy delicada porque lo que ponés es tu propio cuerpo, tu emoción y tu disponibilidad. La improvisación te exige atención plena y escucha activa. Para mí, la técnica consiste en trabajar con lo que hay: el texto, la persona que tenés enfrente, la historia, el director y el entorno. Trabajo con eso y con lo que yo soy, desafiándome a hacer cosas distintas porque cada proyecto requiere un abordaje diferente.

Mi objetivo es ser una actriz dúctil, pero sobre todo una “actriz sesionista”. En la música, el sesionista es al que convocan para distintos estilos: un día toca tango, otro día rock, jazz o folklore, y pasa de la percusión a la batería en una banda de metal. Cuando le escuché decir eso a un músico amigo muy querido, pensé: “Yo quiero eso como actriz”. Quiero que me llamen para un registro y poder hacerlo, y si me llaman para otro totalmente distinto, también.

También me debía cantar ante el público. De chica empecé cantando en el colegio; era solista del coro y nos representaba en otros lados, pero después me bloqueé porque el canto me resultaba algo muy íntimo y expuesto. Este verano canté una canción en una obra y estuvo buenísimo, lo disfruté un montón gracias a Rodrigo Segura, un coach genial que trabajó en la producción. Me animé, lo hice y ahora quiero ir por más.

En su momento estudié stand-up para conocer la técnica, porque no hay que quedarse solo en la teoría: hay que hacer y hacer. Es un momento difícil para producir, pero no tenemos que dejar que la situación nos pase por encima ni que se nos oxiden las herramientas. Hay que mantenerse en movimiento para sacar la cultura adelante.

–Si pudieras darle un consejo a alguien que está empezando en la actuación, ¿qué le dirías?

–Remarcaría dos cosas: prepararse y hacer. No sirve una sin la otra. Y en la preparación entra la humildad real, no la falsa modestia. Conozco gente que se anota en talleres pero, cuando el director les marca algo, hacen exactamente lo contrario; eso es no escuchar. Vivimos en un momento donde no nos escuchamos a nosotros mismos ni al otro. Mi gran consejo para alguien que empieza es: escuchá. Escuchate a vos y escuchá a tu compañero.

A veces te toca actuar con alguien que no te devuelve mucho porque trabaja solo, pero intentalo igual; trabajá con lo que hay, porque de todo se puede sacar algo. El teatro tiene esa enseñanza maravillosa de que siempre hay revancha, siempre hay otra función. Yo hice 1200 funciones de Toc Toc y todas fueron distintas. Mucha gente piensa que el teatro es hacer siempre lo mismo porque el texto no cambia, pero nunca lo decís de la misma manera ni el otro te lo devuelve igual. La actuación no tiene techo; es como tirarse en paracaídas pero hacia arriba.

Si una función sale mal, vas a aprender de eso. Yo me quedo mal si no logro desprenderme de un error durante la obra o si permito que un ruido de afuera me saque del clima, pero hay que usar las herramientas para acomodar la función sobre la marcha.

Además, recomiendo el teatro para todo el mundo, no solo para quienes quieren ser actores. La expresión es un derecho humano, nacemos con ella, pero la sociedad nos fue dividiendo entre los que hacen y los que miran. En las culturas originarias, los rituales expresivos eran de todos. Hacer teatro te mantiene activo, amplía tu empatía y te vuela la cabeza. Si vas a una clase y no te sentís cómodo, no dejes el teatro; buscá otro lugar con el que conectes. Si todos actuáramos, la sociedad mejoraría mucho porque aprenderíamos a ponernos en el lugar del otro.

Al cumplir tres décadas de trayectoria, la reconocida actriz reflexiona sobre el camino recorrido desde aquella temprana decisión de abandonar la medicina por los escenarios. En una entrevista profunda, analiza la compleja realidad del sector audiovisual, explica su concepto de «actriz sesionista» y defiende al teatro como una herramienta colectiva indispensable para recuperar la empatía en la sociedad actual.