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Walter Garrone: “El deporte es el camino para formar personas”

Por Azul Valdiviezo

Walter Garrone es entrenador de básquet y profesor de educación física. Nacido en Leones, inició su camino deportivo con el fútbol como primera ilusión, pero terminó construyendo una extensa trayectoria ligada al básquet, especialmente en Atenas, club en el que permaneció durante 24 años y desde el cual alcanzó proyección nacional e internacional.

En esta entrevista, el “Profe” repasa sus comienzos, su paso por Atenas, la experiencia de dirigir a la Selección Argentina en el Preolímpico de Portland 1992 y el desafío de enfrentar al Dream Team. También reflexiona sobre los cambios en el básquet actual, los valores que le dejó el deporte y su trabajo con personas con discapacidad visual.

–¿Cómo fueron sus primeros pasos en el básquet?

–En mi pueblo, Leones, practicábamos un montón de deportes, quizá no correctamente, porque no teníamos quien nos condujera o nos orientara. Hacíamos fútbol, ciclismo y básquetbol en los veranos. Pero nadie nos enseñaba: jugábamos y mirábamos a los más grandes. Yo no comencé diciendo: “El día de mañana voy a hacer básquetbol”. Yo quería jugar al fútbol, como todos los chicos de mi época.

Apenas egresé del profesorado, se me ofreció trabajar en Atenas. Yo no sabía qué era Atenas. Entré como profesor de educación física del club y, entre las varias actividades deportivas que hacíamos, enseñaba básquetbol y minibásquetbol. Ahí comencé a hacer los cursos correspondientes para aprender a enseñar correctamente este deporte.

–¿En qué momento sintió que este deporte iba a ser una parte importante de su vida?

–El clic fue darme cuenta de que había entrado a un club de primera línea, donde el entrenador de primera también dirigía las selecciones de Córdoba y Argentina. Al poco tiempo, él me llevó como preparador físico de la primera división y luego a la selección juvenil de Córdoba. Siento que Dios y la Virgen me condujeron a una institución tan importante como Atenas. Mi vida cambió rápido: pasé de ser alumno en el curso de entrenadores a ser también el profesor encargado de la parte física en esos mismos cursos.

Más tarde, mi rol docente en el Instituto Provincial de Educación Física (IPEF) me obligó a ponerme a estudiar realmente; ya no sólo los fundamentos, sino también las tácticas, las estrategias y el “cómo enseñar”. Dirigí en la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, en el Colegio Santo Tomás y llegué a la Escuela de Aviación Militar de Córdoba. Toda mi vida empezó a relacionarse fuertemente con el básquet.

Cuando comenzó la Liga Nacional, el club confió en mí para ser el entrenador del primer equipo y estuve 10 años al frente. Tuve la suerte inmensa de dirigir a leyendas como Marcelo Milanesio y el “Pichi” Campana, quienes con su nivel me obligaron a ser un estudioso y a respetar el gran equipo que tenía. Esos éxitos fueron los que finalmente me llevaron a conducir la Selección Argentina en el Preolímpico de Portland 1992.

–¿Qué significó para usted su paso por Atenas?

–Soy reconocido gracias a Atenas. Se me abrieron las puertas y estuve 24 años en el club, tanto en categorías formativas como en mayores. Es un club que me abrió las puertas al mundo y me hizo ser una persona, de cierta manera, reconocida, sobre todo en la provincia de Córdoba. Lo siento como mi club después de tantos años.

Incluso cuando dije que no iba a seguir más, se me insistió. Pero yo dije: “No, estoy dejando a mi familia de lado hace muchos años”. El club me obligaba muchas veces a dejar el país para ir a Estados Unidos a capacitarme. Pero lo más difícil es mantenerse en los éxitos.

–¿Cuál considera que fue el momento más importante de su carrera como entrenador?

–Yo recuerdo con mucho cariño, aunque parezca raro, a los primeros chicos que tuve en minibásquet. Hace dos años, ese grupo de chicos, que ya son personas de más de 60 años, me invitó a pertenecer a su grupo.

A nivel de élite, claro está que el primer torneo que ganamos en Ferro lo recuerdo con mucho cariño. Ganar en Buenos Aires, en su cancha, fue algo muy grande para todos nosotros, porque era el equipo a imitar en ese tiempo, era el campeón sudamericano. Esa noche estábamos sentados en el cordón y Marcelo Milanesio me decía a cada rato: “Walter, esto es histórico, esto es histórico”. Fue muy fuerte haber ganado ese torneo.

–¿Cómo fue dirigir a la Selección Argentina en 1992?

–Fue una experiencia muy fuerte. Estuvimos 30 días antes por Sudamérica y Centroamérica. Llegamos a Puerto Rico y le ganamos a España; ahí llegamos muy bien con el equipo. Luego saltamos a Portland a jugar y perdimos dos partidos por siete puntos. Perdimos por 20 con Estados Unidos y no nos alcanzó para llegar a Barcelona 92. Quedamos quintos y clasificaban cuatro equipos por América. Fue durísimo para todos, especialmente para mí.

–¿Qué le generó enfrentarse a un equipo como el Dream Team?

–Yo creo que para nosotros fue el mejor equipo que tuvo siempre Estados Unidos: Magic Johnson, Michael Jordan, Larry Bird… una cosa de locos. Nosotros sabíamos, con Rubén Magnano, que era mi asistente —otro honor que tuve en mi vida—, que no podíamos ganar.

Teníamos que guardar fuerzas para los partidos que debíamos ganar, así que habíamos dispuesto cuánto tiempo iba a jugar cada uno de los jugadores para que todos tuvieran su experiencia en la cancha. Perdimos por 20.

–¿Qué le quedó de esa experiencia?

–Los recuerdos. El alto honor de haber estado en ese momento con grandes jugadores argentinos y al lado de lo mejor del mundo. En el momento no es tan fácil, uno está pensando cómo puede ganar.

Nuestra tecnología no era la adecuada para hacer el scouting: no teníamos tantas posibilidades. Andábamos con una camarita chiquita y a veces filmábamos cuando nos permitían, porque estaba prohibido hacerlo en las canchas. Fue altamente positivo estar entre los mejores, en un puesto digno, aunque no nos alcanzó para llegar.

–¿Qué cree que cambió en el básquet desde sus comienzos hasta hoy?

–Noto que antes se jugaba con menos velocidad. Ahora es mucho más agresivo, se usa mucha más velocidad y ya no se utilizan tanto los “sistemas” en los que participan todos. Ahora se usan tácticas de grupo, de dos o tres personas.

Se utiliza muchísimo el lanzamiento de larga distancia por el valor de tres puntos y se busca mucho el uno contra uno. El trabajo físico hoy es algo abismal. De hecho, hay un básquetbol mucho más dinámico que en nuestro tiempo, con mucha más intensidad. A mi modo de ver, se juega apresurado.

Para nosotros, perder 10 o 12 pelotas era una barbaridad, y ahora se pierden 15 o 16. Si perdés 15 pelotas, son posiblemente 30 puntos que no hiciste y 30 puntos que te pueden hacer. Tampoco me siento una autoridad para definir cómo se ve ahora; es mi sentir.

–¿Qué valores le dejó el deporte a lo largo de su vida?

–Yo creo que hay muchos valores, sobre todo el valor humano. La palabra respeto: si vos querés lograr algo de tus jugadores, tenés que respetarlos y hay una devolución. Después está el compromiso; cada uno tiene que estar comprometido con sus responsabilidades, con el horario, con la alimentación.

Gracias a Dios, nuestro equipo era terrible. Yo por ahí digo que eran una “manga de caraduras”, porque eran chicos de 18 años, como el Pichi o Marcelo, que se enfrentaban con jugadores de primera línea y no tenían problemas.

–¿Cómo surgió su vínculo con el básquet adaptado?

–Un fabricante de tableros de Pergamino se enteró de que yo vivía en Tanti y me habló para ver si queríamos enseñar básquet para ciegos. Yo me negué. ¡Pensé que les iba a dar unos pelotazos en la cabeza! Él había fabricado un tablero con un timbre de bicicleta que sonaba si la pelota ingresaba.

Al final le dije: “Bueno, vamos a probar”. Él me propuso hacer un campus y yo pensé que vendrían siete u ocho personas… ¡aparecieron 73! Tuve que llevarme a Medardo Ligorria, al “Pichi” Campana, a Marcelo Milanesio y a otros entrenadores para hacer estaciones de fundamentos e ir aprendiendo entre todos.

–¿Qué cosas del básquet adaptado lo sorprendieron o le cambiaron la mirada?

–Cuando fui aprendiendo, me di cuenta de que, aunque yo creía que era gente triste, es gente totalmente alegre. No pierden la alegría. Me sorprende cómo se pueden orientar en la cancha tan fácilmente. No ven nada, pero saben dónde puede ir la pelota y van a buscarla. Están siempre con muchas ganas de seguir creciendo y progresando.

–Si tuviera que definir lo que el básquet significa en su vida, ¿qué diría?

–El básquet para mí es algo sumamente importante porque me permitió realizarme como profesional y como persona. Me da la posibilidad de formar personas a través del básquetbol.

Con las personas con discapacidad visual, mi objetivo principal no es que sean grandes jugadores, sino que el divertimento y la mejora de su calidad de vida sean lo fundamental. Disfruto cuando vamos a Tanti y escalamos cerros: ponemos a una persona de baja visión adelante, con el bastón, y a otra enganchada atrás, y llegan arriba felices.

–¿Qué les diría a los jóvenes que quieren dedicarse al deporte?

–Yo digo que, a temprana edad, no habría que saber leer ni escribir, sino dedicarle mucho tiempo al juego para formar buenas costumbres. Muchos dirán que estoy loco, pero las buenas costumbres se fijan a esa edad.

El deporte te da relaciones sociales sanas y hábitos de higiene. Yo digo que “no hay mejor ducha que la actividad física”. Es un error cuando las escuelas sacan gimnasia para poner inglés; la educación física es fundamental. El deporte es un camino excelente para la formación de todas las personas.

Referente histórico de Atenas y la Selección Argentina, Garrone repasa sus 24 años de gloria en el club cordobés, la experiencia única de enfrentar al Dream Team de Jordan y Magic Johnson, y su presente transformador con el básquet para ciegos.