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ATENEA: un pequeño satélite, un gran paso para la Argentina

Por Nadia Luna. Imagen destacada: Laboratorio de Integración y Ensayos, Centro Espacial Teófilo Tabanera (Comunicación CONAE)
Por Nadia Luna. Imagen destacada: Laboratorio de Integración y Ensayos, Centro Espacial Teófilo Tabanera (Comunicación CONAE)
Por Franca Campagna

Cuando la NASA invitó a la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) a participar de la misión Artemis II, el desafío era enorme: desarrollar en tiempo récord tecnología argentina capaz de operar más allá de la órbita terrestre baja. Así nació ATENEA, un microsatélite tipo CubeSat 12U concebido para validar tecnologías críticas en condiciones de espacio profundo. Al frente del proyecto estuvo Juan Pablo Cuesta González, ingeniero electrónico de la Universidad de Buenos Aires y profesional de la CONAE con más de 20 años de experiencia en el sector espacial.

Lo que comenzó como una carrera contrarreloj terminó convirtiéndose en un nuevo hito para el desarrollo espacial argentino. ATENEA logró establecer comunicaciones a más de 70.000 kilómetros de la Tierra y generar información para evaluar sus sistemas y tecnologías. En esta entrevista, Cuesta González reconstruye la tensión de los meses de desarrollo, el momento en que recibieron la primera señal del satélite y las posibilidades que abre la misión para la Argentina dentro de la cooperación espacial internacional.

–¿Cómo fue el momento en el que les confirmaron que ATENEA iba a formar parte de la misión?

–Más que alegría, fue tensión. Sabíamos que la propuesta era desafiante y que el tiempo era muy corto: quedaban apenas cuatro meses para entregar el proyecto. Era, en términos reales, casi inviable. Pero también intuimos que el cronograma de la NASA podría extenderse, algo que finalmente ocurrió. Decidimos avanzar con esa misma lógica: hacer todo lo humanamente posible y apostar a llegar. Fue un proceso intenso, en el que fuimos avanzando rápido y adaptándonos sobre la marcha hasta lograrlo.

–Sé que al final les dieron dos semanas más, ¿puede ser?

–Sí, en realidad nos dieron mucho más tiempo. A comienzos de 2024 teníamos que entregar el proyecto en abril, mientras que el lanzamiento estaba previsto para septiembre de ese mismo año. Sabíamos que ninguno de los dos plazos era realista, pero decidimos avanzar igual y hacer todo lo posible. Finalmente, como imaginábamos, la misión se retrasó alrededor de un año y medio, lo que nos dio cerca de un año extra para trabajar y permitió que el proyecto pudiera concretarse.

Hacia el final también surgió el tema de las dos semanas adicionales. En ese momento, la decisión ya no dependía de los equipos con los que veníamos trabajando en los centros Marshall Space Flight Center y Kennedy Space Center, sino de niveles más altos de la NASA. Tuvimos una videollamada con el administrador adjunto, le explicamos los retrasos vinculados con proveedores y entregas, y entendió la situación. Nos dio esas dos semanas, pero con una condición clara: ante el mínimo problema, el proyecto quedaba afuera. Sin margen de error, el equipo logró entregar en la fecha acordada.

–Me imagino que, como líder del proyecto, tuvo una responsabilidad enorme. Más allá de lo técnico, ¿cómo lo vivió desde lo personal?

–Fue intenso, con mucha energía y mucha intensidad. Como líder del proyecto, uno descansa en el equipo, pero también se tensiona porque nunca sabe qué puede pasar. A veces uno quiere ponerse a hacer las cosas por su cuenta, pero no se puede; para eso están los equipos. No es posible hacerlo todo solo. En ese sentido, el equipo funcionó muy bien y el proyecto también fue muy lindo desde lo humano.

En la CONAE, en todos los proyectos en los que participé, la relación con los equipos y proveedores siempre fue cercana, basada en la confianza y la transparencia, algo clave en este tipo de misiones. Recuerdo a Miguel San Martín, ingeniero argentino en la NASA y responsable de sistemas de aterrizaje de los rovers Curiosity y Perseverance, quien contaba que en proyectos complejos la confianza es fundamental: incluso ante errores que ponían en riesgo una misión, los equipos eran respaldados para enfocarse en resolver el problema. Esa transparencia permite justamente eso: reconocer fallas y trabajar en conjunto para encontrar soluciones.

–Uno de los prejuicios más grandes que tiene la gente que aspira a dedicarse a esto es pensar que llegar a la NASA, viajar al espacio o participar en proyectos de este tipo es algo muy lejano. Sin embargo, ahora vemos que sí se puede.

–En realidad, no es algo lejano, sino más bien desconocido. En Argentina, mucha gente no conoce la CONAE, a pesar de que existe desde hace muchos años y ha desarrollado proyectos muy importantes. Como decía uno de sus directores históricos, Conrado Barotto, se trata de “jugar en Primera A”: la CONAE compite al más alto nivel desde hace tiempo y, por suerte, puede seguir manteniéndose allí. Además, también hay muchos argentinos trabajando en la NASA, lo que demuestra que estas oportunidades son posibles.

–¿Cómo fue el momento en que llegaron los primeros datos y confirmaron que todo funcionaba?

–Ahí llegó el alivio, se fue la tensión y apareció la emoción más positiva. Cuando recibimos la señal, fue incluso unos minutos antes de lo esperado. Nosotros habíamos programado apuntar hacia donde iba a aparecer el satélite diez minutos antes y ya estábamos siguiendo la trayectoria. Finalmente, no apareció diez minutos después, sino apenas tres más tarde. Fue mejor todavía, porque redujo la ansiedad: cuando todavía lo estábamos esperando, ya apareció. Enseguida nos dimos cuenta de que era ATENEA.

Fue un momento muy lindo. Además, nos habíamos preparado mucho para posibles problemas. Teníamos algoritmos y protocolos diseñados para buscar el satélite, porque podían surgir errores en la inyección y eso implicaba que estuviera en otra posición. Habíamos previsto distintos escenarios, con tareas asignadas y turnos, ya que en algún momento también había que descansar. Sin embargo, todo funcionó desde el principio: incluso vimos el primer paquete de datos, que vienen numerados, y recibimos correctamente desde el número uno hasta que el satélite se perdió en el horizonte. La verdad, quedamos muy contentos con el resultado.

–¿Cómo son esos mensajes que llegan? ¿Qué información reciben desde el satélite?

–Son paquetes digitales similares a los que envía un celular o una computadora al conectarse a una red. Funcionan en frecuencias asignadas internacionalmente y, en este caso, coordinadas con la NASA para evitar interferencias. Cada paquete contiene mediciones e información del satélite que se recibe desde la Tierra.

En la misión se utilizó banda S, típica de satélites de órbita baja, junto con antenas terrestres más pequeñas, ya que una de las condiciones era no usar grandes estaciones. Todo esto formó parte de la coordinación necesaria para que la misión funcionara correctamente.

–¿Qué buscan analizar a partir de esa información?

–Se está trabajando con esos datos para tratar de sacar conclusiones. Tomo las palabras de empresas más nuevas, como SpaceX: lo importante es aprender. Tener los datos y poder aprender de ellos, tanto de lo bueno como de lo malo. Incluso de lo que funcionó bien, porque con el dato empírico uno puede mejorarlo o incluso “empeorarlo”. Aunque suene contradictorio, a veces empeorarlo permite hacerlo más rápido, más barato o más simple y, aun así, cumplir el objetivo. Eso es lo importante.

–Ahora que funcionó este proyecto, ¿cuáles son los que siguen, si se puede saber?

–Sí, estamos conversando con la NASA para seguir trabajando juntos. Uno de los objetivos del programa Artemis es ampliar la cooperación internacional, y este proyecto fue un primer paso en esa dirección.

A futuro, el desafío es mayor: avanzar hacia la Luna. La idea es desarrollar tecnologías que puedan interoperar entre distintos países y proveedores, algo que hoy todavía es limitado en el espacio. Lograrlo permitiría una colaboración más amplia y marcaría un nuevo paso en la exploración espacial.

–¿Podrías explicar qué significa esta misión para la Argentina, más allá de que representa un gran avance para el sector espacial?

–Es importante porque, si bien Argentina ya venía “jugando en Primera A”, este logro le dio mucha más visibilidad a la CONAE y a su trabajo. Antes, mucha gente no sabía qué era y hoy es más conocida. Esto es clave en el marco del programa Artemis, que no termina con esta misión, sino que apunta a un objetivo mayor: que los humanos vuelvan a la Luna y, desde allí, sigan explorando más lejos.

También posiciona a la Argentina como un socio confiable en el ámbito espacial, una forma de decir: “Acá estamos y podemos hacerlo”. En este contexto, el crecimiento del sector abre oportunidades para startups y empresas argentinas, tanto las que ya existen como las que vendrán. En definitiva, el valor más grande es haber hecho más visible al país en el mapa y abrir nuevas posibilidades a futuro.

–Para cerrar, ¿te gustaría dar algún consejo a los jóvenes que seguimos con orgullo todo lo que está pasando?

–Sí, no hay que verlo tan lejano: se puede. La calidad técnica y la formación en Argentina son muy buenas, y lo digo de primera mano. Los ingenieros formados acá tienen una preparación muy sólida y competitiva a nivel internacional.

Pero, sobre todo, que no se achiquen; eso es lo importante. Siempre se puede intentar. Tal vez no salga a la primera —de hecho, es probable que no—, pero oportunidades hay, siempre.

Contra reloj y frente a un desafío que parecía imposible, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) logró llevar tecnología argentina más allá de la atmósfera terrestre con el proyecto ATENEA. En esta entrevista, el ingeniero Juan Pablo Cuesta González relata cómo fue liderar la misión, desarrollada en Argentina en un contexto de alta exigencia y presión, marcada por la incertidumbre, la emoción y la apuesta por llegar más lejos.