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Juan Cruz El Gáname: “Al principio me costó mucho verme en pantalla”

Por Ignacio Belmaña

Juan Cruz El Gáname es actor, periodista y comunicador cordobés. En La Zurda, la película dirigida por Rosendo Ruiz, interpreta a Juan Manuel Martínez, un joven conocido como “La Zurda” que sueña con abrirse camino en la música popular cordobesa.

En esta entrevista, El Gáname repasa sus primeros acercamientos a la actuación, el proceso de casting, la preparación para encarnar al protagonista y la intensidad emocional del rodaje. También habla del vínculo con sus compañeros de elenco, de la dificultad de verse en pantalla y de su deseo de seguir participando en proyectos audiovisuales.

–¿Cómo arrancaste en el mundo actoral?

–Como un juego. Cuando era más chico, mi familia, sobre todo mi mamá, mi papá y mi abuela, veía ficciones o novelas. Al compartir tiempo con ellos, me quedaba con esas imágenes y después las recreaba, también a modo de juego, con mi hermano más chico.

Siempre me gustó la interpretación. En la primaria también hacíamos humor con un amigo: grabábamos videos sobre dinámicas del colegio y otras situaciones.

Después, mi mamá me llevó a algunos castings y empecé a hacer teatro a los 12 años. Estudié entre los 12 y los 14 en la Ciudad de las Artes.

–¿Siempre fuiste muy suelto con la actuación o al principio eras más tímido y te fuiste soltando con el tiempo?

–Siempre lo recuerdo como un lugar en el que me sentía muy cómodo y que disfrutaba mucho. Nunca me sentí con timidez ni con algún tipo de complejo a la hora de desenvolverme.

–Cuando terminaste el colegio, ¿estudiaste actuación? ¿Te formaste?

–No. Cuando terminé el colegio fui papá y empecé a trabajar. Después no sabía bien qué estudiar. Tenía que ser algo breve, pero que también me gustara.

Por la composición de la currícula y por los temas que abordaba, decidí estudiar periodismo. Después de eso, no elegí la actuación como profesión para estudiarla.

–¿Cuál fue tu primer proyecto audiovisual, más allá de las obras del colegio?

–Recuerdo que una de las primeras cosas que hice fue un video que tuvo mucha repercusión en mi colegio. Con mis amigos imitábamos a una profesora de quinto grado. Fue un escándalo: me suspendieron un día porque la dramatizábamos y hacíamos escenas exageradas de humor.

–Y en este último tiempo, ¿cómo llegaste a La Zurda?

–Los mismos compañeros de la facultad que te mencionaba, que estudiaban cine y solían llamarme para participar en proyectos, me pasaron el flyer del casting que estaba haciendo la productora. Me presenté.

Yo no sabía ni cómo se llamaba la película ni de qué se trataba. Me dieron en un papel las instrucciones de la situación que estaba ocurriendo y lo que tenía que hacer. Fui e hice el casting.

También me pidieron cantar, porque el personaje cantaba. Yo no canto ni toco ningún instrumento. Entonces me puse a “ladrar” ahí, en pleno casting, y pensé: “Bueno, lo voy a dar todo”. Era una película, un proyecto muy relevante, y dije: “No importa si paso vergüenza, voy para adelante”.

A los 20 o 25 días, cuando yo ya daba por descartado el llamado, me escribió Rosendo. Ahí me llamó, hablamos por teléfono y me comentó la propuesta. Hasta ese momento yo tampoco sabía para quién había hecho el casting. Sabía que era de Rosendo, pero no sabía a qué personaje me postulaba ni conocía la historia.

Después él me contó que era el personaje principal y me habló del proyecto.

–¿Cómo se llamaba tu personaje en la historia?

–Juan Manuel Martínez, pero todos le decían “La Zurda”.

–¿Qué fue lo que más te costó de encarnar a ese personaje?

–Tenía mucho miedo. Mi personaje está en un contexto humilde, en una zona de la ciudad. Me daba temor representar a un grupo y no hacerlo bien, o que ese grupo no se sintiera identificado, o incluso que se sintiera ofendido.

Eso lo hablamos con Rosendo. Trabajamos desde la naturalidad, pensando qué nos pasaría a nosotros si hubiéramos nacido en otro contexto, sin forzar nada. Junto con Marcio, que es el otro protagonista de la película, empezamos a asistir con Rosendo a una zona donde originalmente se iba a filmar La Zurda, en un comedor. Íbamos a ayudar.

Ahí los chicos hacían tareas, después se les daba de comer y compartíamos un rato con ellos. Conocías otras realidades y entendías algunas cosas más. Eso nos sirvió para encontrar al personaje.

Pero partíamos de una base: nadie es distinto. Somos las mismas personas, sólo que a algunos les tocó nacer en otros espacios, y esos espacios te van condicionando.

Sentía temor de no hacer bien mi trabajo. Fue un gran desafío. Pero con el equipo, con Rosendo, con mis compañeros y compañeras, con dirección y con todo el staff técnico, se generó algo muy especial. Creo que eso es lo que se ve en la película.

–Recién hablabas de Marcio, el otro protagonista. ¿Cómo era tu relación con él?

–Yo también participé en Metro Veinte, y casualmente Marcio era uno de los personajes con mayor exposición. Lo conocí ahí.

En ese momento no hablábamos mucho, porque él estaba dentro del grupo de personajes protagonistas o secundarios y no teníamos tanto tiempo para interactuar. Pero el día que fui a hacer el casting, cuando yo salía, él entraba. Ahí nos reconocimos.

Después nos encontramos en la casa de Rosendo. Yo no sabía si él iba a quedar, pero nos propusimos trabajar juntos porque el fundamento de la película es la amistad entre los dos personajes. Forjamos un vínculo espectacular. Yo encontré mi personaje a partir de él, y Yonatan también se construyó a partir de “La Zurda”.

Me parece que ahí surgió una de las cosas más sólidas que tiene la película: el vínculo entre La Zurda y Yonatan.

–¿Qué anécdota podés contar de las grabaciones?

–Estábamos en los galpones, que era una de las zonas donde íbamos a grabar. Empezamos a reconocer el territorio y a simular posibles escenas sin cámara, solamente mirando el espacio con el equipo técnico.

En un momento, Marcio y yo seguimos caminando, como si estuviéramos improvisando un diálogo, y nos alejamos un poco del staff. Venían algunos chicos de la zona y nos preguntaron quiénes éramos o qué hacíamos ahí. Se dieron cuenta de que no éramos del lugar.

Yo respondí en plan personaje, porque mi personaje tenía su propia movida en ese espacio: “¿Qué onda? ¿Todo bien?”. Después vinieron a buscarnos del equipo técnico, por si se generaba alguna rispidez, pero estuvo todo bien.

Creo que también era algo muy nuevo para ellos ver tanta gente distinta, tantas caras nuevas en el barrio. Eso generó curiosidad. Pero por suerte estuvo todo bien.

–¿Cuál fue la escena que más te costó grabar?

–Hubo tres, y todas tenían un tono oscuro. Una fue cuando encuentro el cuerpo de Yonatan. Otra, cuando recorro la casa vacía. Y la tercera, cuando tengo que comunicarle a la mamá de Yonatan lo que había sucedido.

La complejidad, para mí, estaba en que había que hacer varias tomas y entrar en clima muchas veces. Tenés que abstraerte, entrar en la escena y, si hay que repetir, volver al estado original para construir emocional y anímicamente todo de nuevo.

Tenés que pasar otra vez por todos los estadios emocionales que eso implica. Es una regulación y una gestión de la energía tremenda. A mí me costó muchísimo. En algunas escenas siento que lo dominé bien y en otras no tanto. Me hubiese gustado hacerlas mejor.

–Debe ser difícil llegar a ese punto de estar llorando. ¿Cómo lograste hacerlo?

–Cuando leí el guion de la película, de ahí en adelante dejé de ser un poco yo. Me levantaba a las 3 o 4 de la mañana para ir al baño y me despertaba en situación de película: recordaba los diálogos, imaginaba la cara del personaje, todo.

Desde marzo, cuando me enteré de que había quedado, hasta septiembre, cuando me tocó grabar, yo sabía cuáles iban a ser las escenas más difíciles. No tenía una técnica, porque no había leído ni estudiado mucho sobre eso, pero quería generar algún anclaje: escuchar canciones, vincularlas con ciertos momentos, traer a colación cosas que me emocionaran y vivirlo desde La Zurda.

También corría la película en mi mente. Si uno piensa en el último intercambio que tienen los personajes, ellos se pelean. Después yo lo encuentro muerto. Está toda esa carga: la última vez que lo vi, me peleé con él, lo insulté, lo traicioné de alguna manera, o él se fue pensando que yo lo había traicionado. Yo ya no puedo hacer nada, no puedo volver el tiempo atrás. Yo estaba tocando y a él lo estaban matando.

Fue vivir todo eso desde La Zurda.

–Yo pensaba que la escena más complicada de grabar era la de la muerte de la novia de Yonatan. ¿Cómo fue filmarla?

–No, esa escena fue de los chicos. Totalmente de ellos, de Micaela Abdullatif y de Yonatan. Ellos fueron realmente los que le dieron todo, primero por el altísimo grado de exposición con los desnudos y, segundo, porque son los protagonistas de esa escena. Hicieron un trabajo espectacular.

Soy honesto: me sentía aliviado de que la carga no estuviera en mí. Sabía que la escena se iba a centrar en ellos y traté de acompañar el clima. Eso te contagia un montón.

Hicieron un trabajo tan bueno que no había otra manera de atravesar la escena que no fuera en el mismo tenor que ellos transmitían. Fue el laburo de ellos.

–¿Te hubiese costado encarnar a Yonatan en ese momento?

–Sí. Primero, porque hay que romper con el hecho de estar desnudo frente a una cámara, frente a otras personas y en una escena de acción.

–¿Cuál fue tu escena favorita de la película?

–Aprendí a andar en moto para la película, y tratar de meter emoción en esa escena estuvo buenísimo. Cuando llego a la casa, por ejemplo, me encantó a nivel de composición visual.

Era tremendo porque yo entraba por un camino de tierra, tratando de ir rápido con la moto. Soltaba la moto andando, saltaba y ya veía, desde lejos, las luces verdes de la ambulancia y las azules de la policía reflejadas sobre la vegetación del lugar, que tenía un parque espectacular. La puerta abierta me impactó.

Mientras grababa esa escena, sentía toda la adrenalina. La viví con una alegría inmensa, aunque sea raro decirlo, por poder estar haciendo eso.

–¿Cómo se siente verte en una pantalla?

–Al principio la pasé muy mal. Muy mal, porque soy muy autoexigente. No me iba a consolar diciendo: “Bueno, pero tuve cuatro semanas para hacerla con el resto del equipo; es mi primera vez”.

Yo quería que saliera perfecta. Quería que fuera una película igual de disfrutable que cualquiera que puedas ver en Netflix o HBO. Quería que estuviera a ese nivel.

Me costó mucho porque soy muy crítico de lo que hago. Al principio me encontré un poco distanciado de la película y de mí como intérprete. Con el paso del tiempo empecé a disfrutarla más. Tal vez rompí el miedo a la exposición y a la evaluación permanente, propia y ajena. Vi que a la gente le gustaba, y al final, si al cine no lo ve nadie, no sirve para nada.

Si la gente te da una buena devolución, eso empieza a ser importante, relevante y satisfactorio. Creo que con el correr del tiempo me pasó eso. Después pude verla como espectador y no tanto como si estuviera dando examen.

–¿Cómo fue la relación con el resto del elenco?

–Muy buena. Tuve la suerte de estar con gente muy picante. Estuve con Alejandro Orlando y con Gustavo “el Flaco” Almada. Todos me ayudaron a sostener el personaje. Lo bien que haya podido salir también tiene que ver con ese apoyo.

–¿Y cómo siguió el vínculo con el elenco después de la grabación? ¿Siguieron en contacto o quedó ahí?

–Poco. Seguí en contacto con Ale Orlando porque trabajamos con él desde mi agencia de marketing. Después el vínculo se reflotó cuando salió la película. Ahí sí resurgió el contacto: nos vimos mucho más seguido para los estrenos y las presentaciones.

Tenemos la mejor. No tuve la suerte de cruzarme tanto con los chicos, pero cada vez que me los cruzo está todo súper bien. Me encantaría volver a coincidir con ellos.

–Después de La Zurda, ¿seguiste con la ficción o fue lo último que hiciste?

–Fue lo último. Me postulé a algunos castings, sobre todo de publicidad, y hace poquito hice uno para otra película, pero no me llamaron, lamentablemente.

La verdad es que, si se diera la chance, hoy tengo claro que hay una cuestión personal y de decisión de vida. Tengo un hijo que ya tiene 7 años y tengo que garantizar ciertas cosas. En mi agencia tengo mi trabajo, clientes, un socio y una proyección. No dejaría todo eso para empezar de cero con la actuación.

Pero siempre que exista la posibilidad de ser parte de algún proyecto, lo haría. Me encantaría. Cada vez que veo un casting, me sumo. Cuando me he cruzado con algún director, le dije: “Ténganme en cuenta para lo que sea”. No importa si hay plata o no. Es lo que me gusta.

–Debe ser difícil equilibrar el trabajo, el cuidado de tu hijo y las jornadas de rodaje, que suelen ser largas. ¿Cuántas horas grababan por día?

–Creo que había jornadas de 10, 12, 8 o 9 horas. Más o menos eso. Y ahí fue clave mi socio. Mi socio, que es más mi amigo que mi socio, me dijo: “Metele”.

Durante tres meses dejé de existir para la agencia y seguí cobrando un sueldo. Fue una postura espectacular de su parte. Mi familia también me ayudó cuidando a mi hijo. Eran horarios nocturnos y, durante el día, yo estaba medio perdido, viviendo para la película.

Me dediqué completamente a la película durante esos meses. Mi familia me bancó con mi nene: mi mamá, mi papá, mis hermanos, toda mi familia. Todos ellos lo hicieron muy fácil.

–¿Hay algo de tu personaje que no se llegó a desarrollar del todo?

–Sí. En realidad, la película era mucho más extensa. Creo que se recortó porque los recursos, lamentablemente, son limitados, más en este contexto político y socioeconómico. En ese momento no estaba tan mal como ahora, pero igual.

Para darte un ejemplo, De caravana, que fue el otro gran trabajo de Rosendo, se desarrolló en seis semanas, y nosotros tuvimos cuatro. Fue muy poco. Se tuvo que recortar muchísimo. Había muchas cosas más de La Zurda que se podían profundizar.

El actor y periodista cordobés protagonizó La Zurda, la película de Rosendo Ruiz. En esta entrevista, habla de sus comienzos, del desafío de interpretar a un personaje popular y de la intensidad emocional del rodaje.