Inteligencia Colectiva

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La realidad tiene nombre propio

En la Casa de la Bondad, en barrio Güemes, el acompañamiento a personas en el final de la vida se expresa en gestos cotidianos de cuidado, escucha y contención.
En la Casa de la Bondad, en barrio Güemes, el acompañamiento a personas en el final de la vida se expresa en gestos cotidianos de cuidado, escucha y contención.
Por Morena Alonso

Fernando me da su palabra y yo le ofrezco mi escucha. Tiene 63 años y cada día recorre más de 10 kilómetros en bicicleta para ir a visitar a su madre, Claudina. Durante cuatro años cuidó de ella, cuando la enfermedad aún no le había quitado el nombre; cuando el alzhéimer todavía no había consumido su mente y su cuerpo. Le daba de comer, la higienizaba, la sacaba a pasear.

“Con aciertos y con errores, porque yo no soy perfecto”, me dice, como si sintiera que pudo haber hecho más.

Pero, en un momento, la situación lo superó. Claudina perdió la capacidad de caminar y él ya no pudo hacerse cargo. Ahora recorre, pedaleando desde la zona del Kempes, la distancia del tiempo que la vida le robó con su mamá.

Se sienta en una silla a escuchar atento la misa y, al retirarse, se lleva una bolsa preparada con un poco de comida. Le cuesta decírmelo, pero finalmente me confiesa: “En mi casa no va a encontrar lujo, no va a encontrar nada. Va a encontrar lo justo y necesario, pero más bien pobreza. Eso soy yo”, como si ser él y querer a su madre no fuera suficiente.

Dice que, cuando ella ya no esté, desea ser voluntario en el hogar, aunque sea los domingos, aunque sean tres o cuatro horas.

…

Mientras camino por Güemes, un barrio colmado de vida, jóvenes, bares y luces de colores, llega un momento en que la zona se desprende de ese aire cosmopolita para dar paso a un paisaje completamente distinto, uno que no suele asociarse con ese “Güemes”.

Si se camina en línea recta por Arturo M. Bas, esquivando baldosas sueltas y montoncitos de basura revueltos por gente en busca de milagros, se llega a la intersección con calle Brasil. A la izquierda, en el número 581, cautiva la atención una casona de ladrillos vistos y una placa metálica en la que están grabadas dos manos acompañadas por un corazón.

Hay ventanas con rejas grises a los costados. Un umbral enmarca una puerta alta que parece mirar desde arriba. Alrededor, cuatro canteros con moreras reclaman poda.

No es el camino que generalmente ofrece Google Maps. Parece que incluso la tecnología quisiera que la gente cerrara los ojos ante la realidad que la rodea. Porque la realidad no está adornada con bares y luces de colores. No para todos.

Una imagen de los comienzos del hogar, cuando la casona de barrio Güemes daba sus primeros pasos como espacio de cuidado y acompañamiento para personas en el final de la vida.

Ahí, pasadas las cinco de la tarde, espero detrás de una puerta enrejada después de haber tocado el timbre. Cuando se abre, me invade de inmediato un aroma en el que se mezclan la lavandina y la comida recién hecha.

Andrea Soria, vicedirectora del hogar, con quien había hablado por teléfono el día anterior, me recibe con un abrazo y me invita a recorrer el lugar. Es voluntaria desde 2021, cuando ingresó en el área de ropería a partir de una convocatoria. Hace dos meses se convirtió en vicedirectora de la casona.

Como en una especie de laberinto, se intercalan habitaciones y espacios comunes que culminan en un comedor, al que ellos se refieren jocosamente como “espacio de usos varios”.

Una mesa blanca —intento de altar, con un cartón doblado debajo de una de sus patas—, junto con dos velas, un copón y un rosario de madera, oficia de capilla para que el padre Paco, español, alto y de sonrisa amable, celebre la misa de los domingos.

Alrededor hay sillas de distintos modelos. Sobre ellas, personas que visten delantales y llevan en sus manos cancioneros desgastados de tanto uso. La única que no es voluntaria está sentada en una silla de ruedas y cierra acompasadamente los ojos mientras espera el comienzo de la celebración.

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Lelia ingresó con un cáncer de estómago que también terminó por afectar sus pulmones. Cree que su hija no tiene paciencia y que la internó en un asilo. Está enojada porque todavía no descubre que ya no está sola. Que, a partir de ahora, sus amigos de la Catedral irán a visitarla todo el tiempo.

Con un anillo en el meñique y los ojos cerrados, canta el Aleluya como quien recita una lección de memoria, aunque creo que ella lo hace de corazón. Lleva medias rosas y pantuflas de peluche. Encima tiene el “ponchito” del Cura Brochero, una reliquia de tercer grado que fue regalada al hospice —nombre técnico de este tipo de instituciones— por una antigua voluntaria.

Frente a ella, las velas alumbran un plato de metal que refleja un halo naranja sobre el “Cuerpo de Cristo” mientras el padre lo levanta y lo baja al compás de la bendición.

A un costado hay un teléfono. Del otro lado del altavoz está Juan Carlos.

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Juan Carlos, “Poly” para los amigos, tiene 64 años. Es hincha de Racing de Córdoba, quedó huérfano a los tres años y fue vendedor ambulante en un tren de Once. Las largas horas de trabajo y el esfuerzo no dieron frutos.

A veces, los trenes no se equivocan de destino: son las personas las que eligen subir a ellos. Poly tomó uno que lo llevó lejos de su familia. Dejó a su esposa y a sus hijas en la calle para irse con otra mujer.

Hace un mes ingresó al hogar, diagnosticado con cáncer. Incapaz de perdonarse, se sorprende porque su esposa y sus hijas comenzaron a visitarlo casi todo el tiempo.

En medio de una recuperación, hace poco se fracturó la cadera y fue trasladado al Hospital Tránsito Cáceres de Allende para ser operado. Ahora escucha la misa a la distancia.

En el comedor, los presentes piden por su pronta recuperación y, al terminar la ceremonia, se turnan con el teléfono para desearle “que la paz esté con él”. Poly agradece que lo hayan tenido en cuenta.

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Andrea me explica que a quienes viven allí los llaman “patroncitos”, en honor a Alberto Hurtado. Santo chileno, patrono de los trabajadores, de las personas pobres y de los niños de la calle, fundó en 1944 el Hogar de Cristo, una institución destinada a brindar refugio, dignidad y abrigo a quienes más lo necesitaban. Es uno de los inspiradores de las obras de Manos Abiertas.

Quizá el apodo sea un intento de alejarlos del trato despersonalizado de la vorágine del hospital público en el que antes se encontraban. O de la soledad de la calle.

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A Miguel lo encontraron agonizando en una calle de San Juan. A raíz de un golpe en la cabeza, es incapaz de comunicarse de otra manera que no sea mediante gestos. Su historia se desdibuja entre memorias cristalizadas en sus ojos.

Hace un tiempo lo trasladaron a Córdoba, a la Casa de la Bondad. Ahora reposa en una cama y, cuando me acerco a la puerta de su habitación, angosta y de aspecto pulcro, me ofrece una sonrisa pese a no saber quién soy.

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La primera vez que hablé con Andrea fue por teléfono. La pasión traspasaba la pantalla. Parecía tangible, pero mi intento por traducirla en estas páginas resulta insuficiente.

Aunque no me lo dice explícitamente, con todo lo que cuenta me enumera las razones por las que ese hogar es un lugar distinto. Cuando la conocí en persona, me lo mostró ella misma.

Me presentó a cada uno de los voluntarios de los domingos y ellos me acogieron como quien recibe en su casa a alguien a quien conoce de toda la vida.

Ahí fue cuando entendí eso que Andrea me había dicho el primer día. Eso que hace de la casa un lugar tan diferente: que allí se vuelve a la humanidad.

Porque morir es parte de vivir. Y esta gente necesita morir en paz.

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Terminada la misa, camino por un pasillo y, a mi izquierda, veo una pequeña salita. Desde adentro, Andrea; Estela, cuidadora; Mercedes, del área de espiritualidad; y Thiago, del área de ropería, me invitan con criollitos y mate cocido.

No alcanzo a sentarme cuando se les ilumina el rostro al ver mi agenda lista para anotar todo lo que guardan en el corazón.

Mercedes, conocida por ser una tormenta de palabras, es quien rompe el hielo.

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Me cuentan de Julio, que tenía cáncer en los huesos y estaba furioso con la vida por lo que esta le había dado. Como una pieza de porcelana, alejó a todo aquel que intentó acercarse. En su funeral reinó la ausencia.

También me hablan de Rubén, quien, pese a una enfermedad degenerativa, enseñó catequesis a los voluntarios porque su pasión por ella no lo frenaba.

Me nombran a Cecilia para mostrarme que no todo final es feliz. Tenía cáncer, como había tenido su mamá, y decidió no aceptar el tratamiento. Tampoco permitió que entraran a su habitación. Eligió la soledad.

Y así aparecen decenas de historias más. Historias de personas aisladas del sistema. No pacientes: personas.

“Tienen nombre y apellido”, me dice la vicedirectora durante nuestra primera charla. Mercedes me lo repite el día que estoy allí.

Personas que, como Claudina, Julio y Miguel, están solas en la vida o a quienes la vida les ha quitado algo de lo más preciado que puede tener un ser humano: la dignidad.

Por eso, más de 190 personas vuelcan el corazón en sus manos y, cada vez que reciben a alguien nuevo, le preguntan: “Patroncito, ¿cuál es tu deseo?”.

Y, desde ahí, hacen todo lo posible para cumplirlo.

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Lucía está en condiciones de salir a pasear y pide que la lleven a tomar cerveza.

A Viviana le gusta la Mona y finalmente puede escucharlo en vivo, allí, dentro del hogar.

Ivanna quiere casarse y el peluquero de la esquina se ofrece a peinarla. El hogar se convierte en salón y su familia la acompaña en ese día tan esperado.

Juliana está en sus últimos días y teme que sus niños queden solos. María Esther, voluntaria, se asegura de que eso no ocurra. Los acompaña hasta que estén definitivamente a salvo.

…

Porque volver a la humanidad implica eso: volver.

Volver por donde se pasó. Desandar el recorrido. Pararse, frenar y observar.

Captar ese barrio despintado y comprender que esa también es la realidad.

Y que la verdad, cualquiera sea esa realidad, es que toda persona merece morir con dignidad.

Desde 2001, la Casa de la Bondad –parte de la Fundación Manos Abiertas– otorga cuidados paliativos a personas desprovistas de recursos económicos y sociales para garantizarles un final de vida en condiciones de calidad. “¿Cuál es tu deseo?”, les preguntan al ingresar, y marcan así el comienzo de una misión en la que más de 190 personas se unen por una misma motivación: la voluntad de ayudar.