Inteligencia Colectiva

Portal Informativo de las Carreras de Periodismo y Comunicación de la Universidad Blas Pascal.

Rosendo Ruiz: “Me gusta que se vea que esta historia sucedió acá y no en otra ciudad”

Por Valentina Caballero
Rosendo Ruiz (Foto provista por el entrevisado).
Rosendo Ruiz (Foto provista por el entrevisado).

Rosendo Ruiz es un director, guionista y productor cordobés. Desde el estreno de De caravana, su primer largometraje, construyó una filmografía estrechamente ligada a Córdoba, sus barrios, sus expresiones culturales y las formas de hablar y relacionarse de sus habitantes. Entre sus películas también se encuentran Casa propia y La Zurda.

En esta entrevista, Ruiz repasa sus comienzos detrás de cámara, el desafío de filmar La Zurda en apenas veinte jornadas y el valor de contar historias reconocibles para el público local. También analiza la crisis de la producción cinematográfica argentina y reivindica el cine como una herramienta para que cada sociedad pueda pensarse a sí misma.

—Cuando pensás en el rodaje de De caravana, tu primera película, ¿qué es lo primero que se te viene a la cabeza? ¿Sentías que estabas fundando algo nuevo para el cine de Córdoba?

—No, no. En ese momento simplemente queríamos filmar esa película. Yo conocía muy bien el ambiente de la noche y del cuarteto. Me había vuelto cuartetero de grande, con la Mona, y algunas de las cosas que le pasan al protagonista me habían pasado a mí. Con un grupo nos pusimos a trabajar, escribimos un guion y lo filmamos. Fue lo primero que rodé en mi vida. No sabía qué era un gaffer ni qué hacía un asistente de dirección. Con eso te digo todo: me enteré en pleno rodaje.

—¿Qué te llevó a querer filmar en Córdoba? ¿Por qué decidiste situar aquí no solo De caravana, sino también La Zurda?

—Porque es la ciudad en la que vivo y tampoco tuve nunca una invitación para filmar en Madrid o en Buenos Aires. Si me invitaran, iría igual. Me parece importante que en las películas se vean las particularidades de cada sociedad y de cada región. Por eso me gusta mucho el cine oriental: mientras me cuentan una historia, veo cómo son las casas, cómo comen y cómo es la ciudad.

Así como me gusta ver eso, también trato de reproducirlo: que se note que esta historia sucedió acá y no en otra ciudad. No se trata solo de la geografía, sino también de la forma de ser de los cordobeses, de la tonada y de esas particularidades idiosincráticas que nos pertenecen.

Tomé más conciencia de cómo somos al mostrar las películas en otras provincias. En Jujuy, durante una proyección de De caravana, el público se reía en momentos en los que acá no lo hacía. Después me explicaban que los cordobeses manejamos mucho la ironía y que algunas cosas que para nosotros están naturalizadas, para ellos no. Ahí adquirí otra perspectiva sobre las particularidades de los cordobeses.

—¿Cómo fue comenzar el proceso de tu primera película?

—Todo el inicio de De caravana fue como tirarse al abismo. Soy de una generación en la que mis compañeros de cine se iban a Buenos Aires y a mí me daba mucha bronca tener que irme. Decía: «Si vivo en esta ciudad, ¿por qué no puedo hacer películas acá?».

Empecé a escribir el guion junto con los actores principales. Fue un trabajo de ida y vuelta. Mientras lo escribíamos, yo pensaba: «Esto no lo vamos a poder filmar nunca». En ese momento, en Córdoba no pasaba nada, no se filmaba nada. Pero justo vino el Incaa a brindar unos talleres sobre cómo presentar proyectos cinematográficos y había que tener un guion. Yo ya lo tenía.

Así comenzó el recorrido, con la convicción de decir: «Es a lo que me quiero dedicar, aunque no haya perspectivas». Después, largarse al rodaje fue lo mismo: «Que sea lo que Dios quiera». Fue tirarse a la pileta sin salvavidas.

—¿Cómo hacés para que el proceso de rodaje te siga entusiasmando como el primer día?

—Me gusta muchísimo hacer películas. Una vez que hice De caravana, dije: «Listo, ya está. Esto es lo mío». Cuando terminás el primer corte de montaje y ves ese bicho que tiene vida, que vos creaste y que, si no te hubieras puesto las pilas, nunca habría existido, aparece una sensación de creación muy placentera. Es una manzana que uno quiere volver a morder.

Los proyectos que elijo ahora abordan temas en los que me interesa profundizar, meterme y, durante el mismo proceso, aprender y descubrir cosas. El proyecto arranca desde un sentimiento un poco egoísta, desde aquello que me interesa a mí. Después se transforma en una película con la que uno sigue transitando durante mucho tiempo.

Mirá, ahora estoy charlando con vos sobre De caravana, un proyecto que empecé a escribir en 2004, que se filmó en 2009 y se estrenó en 2011. Veinte años después sigo hablando de esos temas: los bailes de la Mona, las relaciones entre distintas clases sociales y la noche cordobesa. Son personajes y situaciones que te acompañan durante mucho tiempo.

—Como espectadores, también sentimos cierta nostalgia al ver ese tipo de películas, porque reconocemos nuestro entorno y aquello que vivimos durante la juventud.

—Sí, totalmente. Lo que veo con mis películas —y me imagino que sucede con las de otros directores de Córdoba, aunque todavía no haya tanta producción como debería— es que la gente sale muy entusiasmada, más allá de si la película le gustó mucho o poco, porque siente un fuerte lazo identitario con ella.

Los espectadores se sienten representados: «Es mi lugar, así hablamos, yo conozco eso, así somos los cordobeses». Cuando estrenamos La Zurda en los cines comerciales, los chicos de las salas me decían, sorprendidos, que la gente aplaudía al final de todas las funciones. Más allá de lo buena o no tan buena que sea la película, lo que aparecía era un sentimiento de identidad que la gente no tiene con las producciones de Buenos Aires ni con las de Hollywood.

—Si nos metemos en La Zurda, ¿cómo construiste ese cruce entre el thriller y el cuarteto?

—Fue una gran mezcla de géneros. Desde la escritura del guion, con Alejandro [falta precisar el apellido], nos propusimos tomar las bases del policial negro, que nos gusta mucho, sobre todo del cine estadounidense de las décadas de 1940 y 1950: películas muy nocturnas, policías corruptos, una mujer fatal y un protagonista traicionado. También tomamos de allí la forma de iluminar las escenas, con mucho claroscuro.

A la vez, queríamos contar esta historia como si también pudiera verse como un musical, aunque no en el sentido estricto de que los actores se pusieran a cantar. Decidimos jugárnosla sin saber bien cómo nos iba a ir porque, para mí, básicamente es una tragedia: mueren dos personas y la vida sigue. El cantante acepta la oferta laboral y se va. Murió su amigo, pero él tiene que trabajar, tiene un hijo y tiene que cantar.

Sabíamos que, por momentos, iba a ser una película policial y, en otros, una especie de musical. Después, que saliera lo que saliera. Uno hace una película con la mejor intención: algunas veces funciona bárbaro y otras, no tanto.

—¿Cómo fue trabajar con actores que no eran profesionales? ¿Qué aprendiste de ellos?

—Después de hacer cine hice teatro, así que me gusta mucho el trabajo con los actores. Hicimos un casting bastante intenso. Yo sabía qué quería de cada personaje, desde el physique du rôle hasta la forma de actuar.

Solo tenía dos actores que ya sabía que quería convocar: el que interpreta al padre de la chica que muere y quien hace del representante del grupo de música, que es el mismo que interpreta al Laucha en De caravana.

Una vez terminado el casting, empezamos a trabajar intensamente con los personajes y con el guion, que voy modificando de acuerdo con lo que propone cada actor. No tengo una idea preconcebida acerca de hacia dónde quiero llevarlo, sino que trabajo junto con él para que encuentre al personaje dentro suyo. Si La Zurda hubiera sido interpretado por otro chico, probablemente las escenas habrían sido diferentes.

Hay que tener mucho cuidado con la manera de trabajar con los actores porque, si el actor se da cuenta de que el director ya tiene una idea completamente armada en la cabeza, pierde espontaneidad y se convierte un poco en un títere.

—¿Qué fue lo más difícil para los actores durante el rodaje?

—Las escenas de violencia y las corridas fueron las que más nos costaron, tanto a los actores como a nosotros. Sobre todo, hubo dos o tres momentos complejos: cuando muere la chica en el hotel y, después, las escenas en la casa donde se esconde Jonathan. Las secuencias de golpes y peleas las teníamos muy ensayadas de antemano para no perder tiempo durante el rodaje. Las demás, la verdad, fueron más simples.

—Si pensás en toda tu carrera, ¿hubo algo que te haya resultado especialmente difícil de hacer?

La Zurda fue la película más difícil. El guion original tenía 150 escenas y terminó con 90. Estaba pensada para dos meses de rodaje y terminamos filmándola en veinte jornadas.

Fuimos recortando porque queríamos filmar sí o sí. Se veía venir el gobierno libertario que tenemos ahora y sabíamos que después iba a ser muy difícil volver a hacerlo. Fue un salto al abismo muy grande: era una película compleja para rodar en veinte días, casi todos de noche, con persecuciones de vehículos, disparos y gente cantando durante un recital.

Podríamos habernos bajado, pero decidimos seguir adelante y que fuera lo que Dios quisiera. Tan así fue que todavía no cobramos el dinero de la película.

—Ya que lo mencionás, ¿cuál es hoy la situación de ustedes como productores en relación con el Estado?

—No se regularizó nada. El Incaa está paralizado desde hace dos años y medio. Ahora lanzaron un concurso para películas de siete minutos pensadas para las redes, en un formato que no es el del cine.

Seguimos haciendo los trámites con la esperanza de recuperar el dinero porque fue un proyecto declarado de interés y, por ley, habíamos obtenido el apoyo del Incaa. Pero la verdad es que es un desastre. Mi socia, que es la productora de mis películas, trabaja desde hace un año como secretaria en una inmobiliaria. Lo mismo sucede con mucha gente que se dedicaba al cine.

Es tristísimo porque, si mañana o pasado se revierte la situación, habrá personas que ya no dejarán un trabajo estable por un proyecto. Volver a empezar es muy difícil. En la Argentina ya pasó varias veces, durante distintos gobiernos: se destruyeron las artes y, en particular, el cine. Ocurrió, por ejemplo, durante la última dictadura militar, cuando se cerró todo. La escuela de cine volvió a abrir recién en 1988 y en 2010 empezamos otra vez a producir películas.

Estamos muy colonizados cultural y cinematográficamente porque el cine es una de las artes más poderosas que existen. No quieren que filmemos nuestras propias películas, sino que consumamos cine estadounidense. Por eso festejamos Halloween: por el cine, no por otra cosa. Yo no conozco Tucumán, Jujuy ni Santa Cruz, pero sí conozco un montón de ciudades estadounidenses.

Nos desfinancian y es muy triste porque el arte cumple la función de permitir que una sociedad se piense a sí misma. Sin querer transmitir un mensaje concreto con La Zurda, planteamos que los chicos de las villas son quienes peor la pasan, que no hay justicia para ellos y que la Policía los mata. Es una crítica social que le sirve a mucha gente: permite ver que los chicos de las villas, en el fondo, son iguales a cualquier otra persona.

—Para cerrar, ¿qué es lo que más te gusta escuchar del público después de que ve tus películas?

—En primer lugar, los aplausos al final. Vivo cerca del Nuevocentro Shopping y, cuando estrenamos allí, entraba al cine antes de que terminara la función solamente para escucharlos.

Después, me gusta que la gente se acerque a decirme que le encantaron la historia y los personajes, o que disfrutó ver Córdoba en la pantalla. Pero hay dos anécdotas que me marcaron y que son las que más me gustan.

Después de una función de Casa propia, una chica muy cinéfila me dijo: «Vos tenés que seguir haciendo películas. Esto es lo tuyo». En el estreno de La Zurda, en el Rex, una señora esperó a que se fuera la gente y se acercó para decirme: «Te felicito por La Zurda, pero en realidad tengo que agradecerte otra cosa. Hace doce años me fui a vivir a Europa y me llevé un DVD de De caravana. Debo haberla visto 150 veces allá. Cada vez que me agarraba nostalgia, ponía la película y hacía de cuenta que estaba en Córdoba».

Se me pone la piel de gallina. Esa emoción me quedó grabada en el pecho. Ahí se justifican tanto trabajo y tanto esfuerzo.

El director cordobés repasa sus comienzos con De caravana, explica cómo construyó el cruce entre el policial negro y el cuarteto en La Zurda y advierte sobre las consecuencias de la crisis que atraviesa el cine argentino.