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Una pingüinera en pleno San Isidro

Por Valentina Trifonoff
Alejandro con uno de sus ejemplares más preciados (Foto: Nicolás González, TN).
Alejandro con uno de sus ejemplares más preciados (Foto: Nicolás González, TN).

Alejandro Frango no es un jubilado: está jubilado. No está solo: es solo. Esa diferencia, dice él, es una cuestión de filosofía aplicada.

A sus 77 años, mientras el país duerme, Alejandro pedalea por San Isidro con una bolsa de boxeo esperándolo en casa y un termo de café enfriándose junto a los libros.

—Yo despierto a los pájaros a las seis de la mañana —dice, con una sonrisa que se le escapa entre los bigotes.

Luego lee: a veces catorce horas. A veces menos, a veces más. Y, cada tanto, se detiene. Es en esos momentos cuando se “pone entre paréntesis”. No es una metáfora ligera: para Frango, es una práctica vital.

—Hacer una pausa para ver y pensar si estás haciendo las cosas bien, si estás haciendo cagadas, si estás repitiendo sin darte cuenta o si estás realmente viviendo.

Alejandro habla como quien escribe mientras piensa. Como quien se divierte mientras explica. Mezcla memoria con citas, viajes con etimologías, anécdotas con teorías. Cada frase es una miniatura tallada con humor, ironía y verdad y, por supuesto, cargada de historia.

Se autodenomina el archivo de su generación. Un personaje que parece haber vivido varias vidas en una: filósofo, guía turístico, viajero, escritor, coleccionista, performer del saber y del humor. Su vida es una mezcla de novela, diario de viaje y manifiesto existencial.

Su casa, un loft de 1913 en pleno San Isidro, fue un casino clandestino en sus orígenes. Nadie se imaginaría que hoy es hogar del mayor coleccionista de jarras de pingüino del continente. Alejandro tiene más de 280, todas organizadas con un propósito específico: solas, en grupo o familia, según su origen, nacionalidad, tamaño o edad. A cada una le puso un nombre. Algunas tienen historia. Otras, aventuras.

Según él, la jarra de pingüino es más que un objeto. Es símbolo nacional: creatividad, juego, negocio, arte y cultura. Es filosofía materializada, y claramente, no deja que nadie las mueva, ni mucho menos se atreva a limpiarlas. Esa es una tarea para la que solo él está autorizado y calificado.

Alejandro podría hablar horas. Y lo hace. Colecciona jarras, sí, pero estas no son el centro de su historia. Son el pretexto. También colecciona relatos. Incluso, a veces parece que coleccionara maneras de mirar el mundo.

Alejandro en Happy Valley, India, abril de 1980.

Fue guía turístico durante 30 años. Profesor de Historia de la Cultura, Gastrosofía y Filosofía. En Londres hizo un posgrado; también vendió empanadas, organizó festivales gastronómicos, soñó con bodegas y se enamoró. Terminó viviendo en un caserío al sur de Francia, despertado cada mañana por un pastor y sus ovejas, rodeado de jabalíes, silencio y belleza medieval.

—Era como estar en la Edad Media —dice—. Yo, que venía de Buenos Aires, ¡despertado por un rebaño!

Desde Machu Picchu hasta los glaciares, del Himalaya hasta el Amazonas, de Londres hasta las Malvinas. Alejandro no viaja para tachar países, sino para entender cómo se dice “perro” en otros idiomas. Y cómo se dice “vida”, también.

—Aprender otro idioma es una forma distinta de sentir el mundo —dice Alejandro, retomando a Borges.

Para él, viajar, leer y estudiar idiomas son formas complementarias de abrir la cabeza, de desafiar las estructuras, de ver lo establecido desde otro lugar. Lo entendió de niño, cuando descubrió que “perro” era también dog en inglés, chien en francés o cane en italiano.

—Me explotó la croqueta —recuerda— y, desde entonces, busca estallidos.

En su loft tiene una biblioteca viva y desbordada, como la que tenía de niño en casa de sus padres. Sabe exactamente dónde está cada libro y los usa como herramientas de vida. Entre sus lecturas más formativas figura Borges, a quien considera “el Shakespeare argentino” y quien fue su profesor en una materia optativa de la carrera de Filosofía.

—Hay que leer y releer a Borges. Es la única manera de leerlo —sostiene.

Participó de sus talleres de poesía y de él adoptó el hábito de corregir infinitamente, a partir de la idea de que “uno publica porque no puede dejar de reescribir”. Además, se considera el creador de la caminata borgiana de Buenos Aires, un itinerario cultural que explora la ciudad a través de los textos más famosos del reconocido escritor.

Alejandro tiene el ritmo de los buenos narradores: no agota. Sorprende. Se interrumpe para recordar un dato curioso o lanzar una sentencia, con una mezcla de humor y convicción. Es parte de su estilo: la vida como filosofía vivida.

—Empecé a estudiar Filosofía antes de saber realmente lo que era. Cuando era chico, jugaba con autitos sobre puentes de libros de Aristóteles y Kant. Me entró por la epidermis —afirma.

Ha visitado más de 68 países. Estuvo en el Himalaya, en el Amazonas, recorrió el continente americano de Alaska a la Antártida. Pero si reconoce un hecho fundacional de su vicio por viajar, fue a los 15 años, cuando convenció a su padre de firmar un permiso notarial y partió a dedo a Machu Picchu. Ese y otro momento, años más tarde, marcaron su destino: tenía 21 y decidió cambiar abogacía por filosofía. Desde entonces, su vida cambió para siempre.

El origen de las jarras de pingüino

El primer pingüino lo compró en la estación Las Barrancas de San Isidro, en marzo de 2004. Lo llamó Lord Brown Jr. A partir de entonces, empezó a rastrear otros, y hoy convive con más de 280 hermanos.

Alejandro viajó, investigó y preguntó. Tratando de encontrar información que le fuera útil para hallar más jarras, entrevistó a 141 personas, de las cuales 140 respondieron: “ni idea, pero…”. Un “pero” que siempre venía acompañado de inventos, conjeturas y suposiciones.

—Eso es lo argentino —reflexiona—. Preferimos inventar una respuesta a admitir que no sabemos. El peor insulto, el peor crimen para un argentino, es sentirse un boludo en público.

Entonces, aún joven, no se rindió ante el “ni idea”, ni tampoco ante 140 prosas de verso. Indagó como un científico curioso y descubrió que el origen de las jarras de pingüino estaba cruzando el Atlántico.

Alrededor de 1860, cuando la Revolución Industrial tocó suelo francés, el gobierno estaba decidido a incorporar a los campesinos a las grandes empresas. Los viñateros, específicamente, tan arraigados a la tierra y a sus hogares, se negaron a ser obreros.

El argumento de las autoridades francesas fue que, por temas de seguridad e higiene, no se podía vender el vino desde el barril, sino que debían comercializarlo en recipientes cerrados.

—El gran productor de vino no tenía ningún problema en cumplir con la ley, pero el campesino no tenía dinero para todo eso —explicó Alejandro—.

La manera que encontraron de salvar su métier fue vender el vino en jarras, algunas con tapa, mucho más cerradas e higiénicas. Y un dato no menor: con formas de vacas, gallos, cerdos, elefantes, monos, jirafas y pingüinos. Finalmente, el gobierno aceptó y, en 1870, al surgir el mismo problema en Italia, la respuesta fue idéntica a la que tuvieron los franceses.

Posteriormente, cuando se produjo la masiva inmigración a la Argentina, entre 1880 y 1910, gran cantidad de italianos que llegaron al territorio nacional lo hicieron acompañados de estas jarras, y terminaron dedicándose a la producción de vino.

—La Patagonia argentina y chilena cuenta con el 60% de los pingüinos del mundo. En esos territorios parece que hay más pingüinos que seres humanos —bromeó Alejandro—.

Así fue que las jarras pingüino se fueron extendiendo por todo el país hasta desembarcar en la mesa de la mayoría de los argentinos. Pero ¿por qué jarras de pingüino? ¿Qué le llamó la atención de ellas para llegar a coleccionarlas?

—Por pura curiosidad —sentenció Frango—. ¿Por qué razón empezamos a poner el vino en un pingüino? ¿Por qué no otra forma? Y el resto es historia. Ahora, cada vez que sumo una nueva jarra a la colección, me doy cuenta de que siempre hay más por aprender. La colección no es simplemente una acumulación, sino que es hacerte crítico, metódico y especialista.

Si bien es filósofo, para él la vida es una aventura y promueve que hay que vivirla como tal. Explotar absolutamente todos los rincones, hacer lo inimaginable. Enseñar Filosofía y, a la vez, poner una fábrica de empanadas en Inglaterra, llamada “De Buenos Aires a Londres, empanadas Candombe”.

Para Alejandro, la filosofía es eso. Es caminar, recorrer, andar. Es disfrutar, gozar, ponerse entre paréntesis y dudar a cada rato de quién uno es.


La colección de jarras de pingüino más grande de América

Al primer ejemplar de su colección Alejandro le puso el nombre de “Lord Brown Jr.”, por la elegancia con la que está vestido y el color marrón de la loza. El cierre del podio fundador se lo lleva “Argentinito”, una jarra de cerámica que luce los colores patrios de nuestro país.

Adquirida en El Calafate, aparece “Perito Moreno”, una pieza especial debido a la reflexión compartida por su vendedor, quien sugirió que la singular manera de desplazarse de los pingüinos pudo haber inspirado el diseño de las jarras.

Otra muy particular es “Heavy Metal”, el ejemplar número 207 de la colección. Definida como “un auténtico Goliat de fuerza contundente”, esta jarra está completamente hecha de hierro. Lleva la firma del reconocido artista cordobés Luciano Carabajo y, según Alejandro, representa una visión atípica donde la fantasía supera la función.

Ahora bien, en caso de que explotara un tanque de vino y Alejandro solo pudiera salvar a tres de sus preciados pingüinos, estos serían los afortunados: la jarra Malbec por ser la insignia de su empresa, Monsieur Le Compte por su diseño Art Nouveau de 1930, y Gran Ojo Verde, la que recibe el honor de ser su preferida.

Por último, la historia del más reciente ejemplar de la colección de jarras de pingüino más grande de América comienza con un mensaje de Instagram: un catalán le pedía a Alejandro una jarra color Malbec. Este le explicó que el precio era accesible, pero el envío no. Entonces, decidieron hacer un trueque: el catalán, que resultó ser un tenor de la ópera de Hannover, le mandó a Frango una hermosa jarra china comprada en Alemania, a cambio de la tan ansiada jarra color Malbec.

—Ese pingüino es el ejemplo más perfecto de la globalización —afirma Alejandro—. Un catalán que vive en Alemania me manda una jarra hecha en China, con los colores de la bandera argentina, para un coleccionista en Buenos Aires. ¿No es una maravilla?


El museo virtual Jarra de Pingüino

—Viajar es indispensable, vivir no lo es. Lo dijeron los griegos —sentencia Alejandro—. La mejor manera de ser humano es estar abierto al mundo y recorrerlo todo hasta el cansancio. Y si la vida te propone inconvenientes, hay dos opciones: ponerse a llorar o ponerse a trabajar. Llorar no sirve para una mierda. Entonces, ponete a trabajar y generá algo, man.

Durante la pandemia, Alejandro se quedó sin turistas y con el único ingreso de una jubilación mínima. Entonces, pensó en Joaquín Martínez, el profesor en sistemas más joven de Ott College, un chico 51 años menor que había conocido antes de jubilarse. Ya habían hablado y entrecruzado elogios, pero esta vez, Frango le propuso crear algo juntos: un museo virtual.

—Y así nació una sociedad improbable —cuenta—. Yo tenía las jarras de pingüino, las historias. Él, los recursos técnicos para hacerlas visibles.

—Cuando mis amigos lo ven me preguntan si es mi abuelo —dice Joaquín—. Y Alejandro contesta: ¡las pelotas! A lo sumo, soy su hermano mayor.

Se complementan. Se admiran. Se impulsan y también discuten. Hace poco, Alejandro mandó a Joaquín a recorrer el mundo. Le dijo que no podía ser su socio y tener un museo internacional habiendo conocido únicamente Uruguay y Brasil.

—¡Tomátela! Volvés en seis meses —le ordenó Alejandro.

Y Joaquín se fue. Un día después del cumpleaños de Alejandro y vuelve al país un día antes del suyo. Todo tiene un simbolismo entre ellos dos.

Respecto del museo, juntos lo inauguraron en 2022 y ese fue el momento del acercamiento de Frango a las redes sociales, tanto Instagram como TikTok, donde tiene miles de seguidores y algunos de sus videos superan el millón de visitas.

La exhibición virtual se divide en seis salas, con jarras clasificadas según su tamaño en cuatro categorías: “Pulgarcito”, “Davides”, “Guliverinos” y “Goliates”. Las más pequeñas miden ocho centímetros, mientras que las más grandes alcanzan una capacidad de tres litros.

La Sala 1 se llama “Tierra del Fuego”, por su aura enigmática y misteriosa. Según Alejandro, cuando la gente piensa en Tierra del Fuego, piensa en el fin del mundo, donde no hay más que hielo y donde conviven variedades de pingüinos. En esta sala, la disposición de las jarras es de un gran pingüino en el centro (“Mamá Ocllo”), rodeado de todos los pulgarcitos.

La Sala 2 fue nombrada como “Arcoíris de la Patagonia”, ya que te recibe con la misma apertura y variedad de colores que este territorio. Cuatro estaciones del año, cuatro Patagonias distintas, donde el pingüino funciona como punto de conexión. Uno de sus ejemplares principales es Diversidad, una jarra pintada con los colores del arcoíris.

La Sala 3 se identifica como “El Barro Fundante”, la 4 como “Clubs”, la 5 como “Familias y Parejas” y la última, es decir, la Sala 6, como “Futurismo”.

—La última no quiere decir la final, quiere decir la última por el momento —expone Alejandro—, ya que, más allá del éxito que tiene el museo virtual, que además cuenta con una tienda online para conseguir tus propias jarras de pingüino y un libro que explica desde sus inicios hasta la actualidad, tanto Frango como Joaquín sueñan con la próxima apertura del Museo Jarra de Pingüino físico y presencial.


Desde el pingüino hasta el ornitorrinco

Alejandro no está casado, pero no está solo. Es solo. Tiene tres sobrinas y los hijos de estas lo llaman abuelo. Esa es su familia.
Nunca quiso encasillarse. Amó, vivió, se equivocó y siguió. Cree en una pobreza digna: una casa, un auto, muchos libros y más experiencias que objetos.

Según él, la vida se acaba no cuando lo dice la jubilación o la cédula de identidad, sino cuando uno decide que se acabó. Le horroriza tener 77 años, no porque le pese el cuerpo, sino porque siente que todavía le falta demasiado por recorrer.

—Yo me voy a morir el 21 de septiembre de 2057, a las 10.40 de la mañana, con 109 años. Eso es un hecho —afirma con convicción—.

Y, realmente, Frango no dice esas cosas en broma. Las dice con una mezcla de humor y certeza. Dice que lo descubrió en la India. No explica cómo, pero lo cree. Y, mientras tanto, vive como si su historia recién empezara.

Actualmente, está escribiendo su segundo libro, llamado Ornitorrancia. Una mezcla de novela, cuento, ensayo y poesía, que viene hasta con un rap incluido.

De las 4.326 variedades de mamíferos del mundo, el ornitorrinco es el más raro. Es mamífero, pero pone huevos. No tiene pezones, sino que la leche le sale por los poros de la piel. Nada con pico de pato y camina con patas y cola de castor. Ah, y el macho tiene veneno. Parece un chiste evolutivo, pero existe.

Por eso el libro se llama Ornitorrancia, porque es una mezcla de todos los géneros. Incluso, es posible que esa palabra defina también la esencia de Alejandro. Y si el título es una palabra inventada por él mismo, el subtítulo —Viajes, lecturas y opiniones de un libre pensador llamado Alejo Santos— describe la ruta transitada por su alter ego.

—Si pudiera elegir una inscripción para mi tumba, diría: “Absolutamente contra mi voluntad”. A mí la vida me encanta. Soy un erótico de la vida. Eso es lo que realmente me gustaría que recuerden de mí. Que soy y siempre seré un tipo que le pone erotismo y no elementos tan estructurados a la vida —dice Alejandro, como quien firma al final de una obra.

Mientras habla, busca otra jarra. O la palabra justa. O un recuerdo para narrar. Alejandro no se detiene. Se pone entre paréntesis, sí, pero solo para seguir escribiéndose mejor. Y cuando llegue a los 109 años, seguramente va a estar investigando el paradero de una nueva jarra, organizando un festival de empanadas en el Museo Físico Jarra de Pingüino —o corrigiendo este mismo texto— mientras el resto del mundo intenta alcanzarlo.

Coleccionista, filósofo y viajero, Alejandro Frango transformó un loft de San Isidro en un insólito museo: allí conviven más de 280 jarras de pingüino, cada una con nombre e historia propia. Su vida es un recorrido entre libros, viajes y un humor que lo vuelve único.